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Cada unidad tiene su propia cola, su propia preparación y su propio presupuesto
¿Por qué una página por unidad?
Porque el presupuesto vive ahí. El jefe de imagenología responde por el uso de sus equipos y por su lista de espera. El de laboratorio responde por volumen y tiempos de entrega. Una conversación institucional sobre cumplimiento de indicaciones se diluye entre gerencias, y una conversación sobre las resonancias indicadas que nunca se agendaron tiene dueño, presupuesto y urgencia.
El volumen también se concentra: en la práctica, la mayor parte de lo que se deriva son exámenes, y cinco unidades cubren casi todo. Por eso estas cinco páginas existen antes que cualquier otra segmentación, y por eso las 30 guías por examen cuelgan de ellas.
¿En qué se diferencia la cola de cada unidad?
En la preparación y en el costo de la hora perdida. En laboratorio buena parte se toma por demanda espontánea, y el que se cae es el paciente que nunca fue a tomarse la muestra. En imagenología el cupo es caro, una resonancia arrastra pauta de contraste y una hora vacía se pierde entera.
En gastroenterología la preparación de una colonoscopía dura días, y agendar mal significa perder el cupo y repetir la preparación completa. En cardiología el volumen está en controles de seguimiento que se caen sin que nadie los eche de menos hasta el evento. En dental la cola la produce el tratamiento por etapas: un destartraje que nunca tuvo su segunda sesión.
¿Dónde entra el detalle de cada examen?
En las guías por examen. Cada una de las 30 cuelga de una de estas cinco unidades y baja al nivel de la orden: cómo se llama, con qué alias circula, qué preparación exige. La unidad explica la forma de la cola y la guía resuelve el caso que tienes en la mano.
Dos lecturas cierran el cuadro: agendar más sin cuidado empeora el no-show, que es la razón por la que el orden importa, y la medición por etapa, que es cómo se sabe en cuál de las cinco unidades conviene partir. El vocabulario común está en el glosario.